Venezuela: cuando ganar tiempo empieza a exigir cambios reales

El panorama que se abre en Venezuela tras la salida de Maduro plantea la necesidad de cambios que transformen realidades.
Nelson Espinal Báez, experto en negociación internacional, explica a elCaribe, la actual situación.

En las últimas horas se han anunciado decisiones importantes en Venezuela. ¿Qué está pasando realmente?
Por primera vez en muchos años, el poder en Venezuela está tomando decisiones que van más allá de gestos cosméticos y empiezan a implicar cambios reales para poder seguir ganando tiempo. Eso es lo verdaderamente nuevo. No estamos ante maniobras retóricas ni dilatorias, sino ante medidas que reordenan reglas, actores y costos. No ha cambiado el objetivo del poder; ha cambiado el método para sostenerlo. Es decir, el objetivo de mantenerse no ha desaparecido; lo que ha cambiado es el precio de lograrlo.
¿Eso significa que ya comenzó una transición política?
No todavía. Y es importante decirlo con claridad. Lo que estamos viendo es un reacomodo avanzado del poder que empieza a generar condiciones propias de escenarios transicionales, pero sin haber cruzado aún el umbral decisivo. La transición comienza cuando el poder acepta negociar su reemplazo bajo reglas verificables. Ese punto aún no se ha alcanzado. Movimiento no es sinónimo de cambio, y cambio no es sinónimo de transición.
Si aún no estamos en una transición, ¿en qué etapa estamos exactamente?
Estamos en lo que puede llamarse un umbral pre-transicional. Es una fase intermedia: el poder sigue buscando mantenerse, pero ya no puede hacerlo sin introducir cambios que condicionan su propio margen de maniobra a futuro. No es mera supervivencia, pero tampoco es una transición institucionalizada. Es el punto en el que el poder todavía controla, pero ya no controla sin negociar.
¿Qué tendría que ocurrir para poder hablar, sin matices, de una transición política?
La experiencia comparada de las transiciones políticas muestra tres condiciones recurrentes —no como principios normativos, sino como regularidades empíricas—.
Primero, un pacto político explícito entre actores con poder real.
Segundo, una hoja de ruta verificable, con reglas claras para el cambio institucional.
Y tercero, garantías cruzadas creíbles, tanto para quienes dejan el poder como para quienes lo asumen.
En Sudáfrica, por ejemplo, la transición no comenzó con elecciones ni con gestos públicos, sino cuando actores con poder real aceptaron negociar el reemplazo del orden existente. Eso ocurrió cuando Nelson Mandela negoció directamente, desde la cárcel y en secreto, con F. W. de Klerk para evitar el colapso del Estado.
Mientras ese conjunto no esté institucionalizado, lo que existe es el umbral, no la transición.
¿Qué papel juega hoy Delcy Rodríguez en este proceso?
Delcy Rodríguez no encarna una ruptura, sino la administración del reacomodo. Su función es mantener cohesión interna y operatividad del aparato mientras se reordenan incentivos, reglas y relaciones externas. En la experiencia comparada, ese tipo de figura suele aparecer antes de que una transición se formalice, no después. Que ese rol pueda transformarse en liderazgo transicional dependerá de condiciones políticas que aún no están dadas —tanto estructurales como personales—, porque las transiciones reales requieren reglas, pero también liderazgo excepcional.
¿Cuánto pesa Estados Unidos en este escenario?
Pesa de manera determinante. Hoy existe una tutela de hechos que combina presión financiera, condicionamiento del oxígeno económico y un cerco estratégico más amplio, que incluye control de flujos, restricciones operativas y una presencia disuasiva en el entorno regional.
No es una transición dirigida desde fuera, pero tampoco es un entorno neutral. Esa asimetría —económica, política y de seguridad— define límites, costos y opciones, y condiciona cualquier escenario de salida.
¿Qué papel juega hoy la oposición en este escenario?
Toda transición requiere no solo un poder dispuesto —por cálculo o por presión— a negociar reglas, sino también una oposición con capacidad real de interlocución. En Venezuela, ese es hoy uno de los eslabones más débiles. La fragmentación, la falta de estrategia compartida y la dificultad para leer las nuevas reglas del juego han dejado a la oposición más en posición de denuncia que de negociación.
Una oposición transicional no es la que se mantiene moralmente intacta, sino la que comprende el momento, acepta costos y sabe cuándo —y cómo— sentarse a la mesa.
¿Cuál es el mayor riesgo en este momento?
Confundir la caída de la cúpula del poder con la demolición del Estado. Cuando se destruye el Estado en nombre de la pureza moral, el resultado no suele ser democracia, sino vacío, fragmentación o violencia. Ese es uno de los errores más costosos en los momentos que preceden a una transición política.
Si tuviera que dejar una advertencia final, ¿cuál sería?
Las transiciones políticas no las lideran los moralmente puros, sino los políticamente capaces.
No buscan justicia perfecta.
Buscan evitar el colapso y abrir un cauce —imperfecto, pero real— hacia el futuro.
¿Cómo se reconoce el momento en que el umbral se convierte en transición?
Cuando las decisiones dejan de ser reversibles y el poder acepta reglas que ya no controla por completo. Ese momento no se anuncia: se constata.
La historia no premia la pureza.
Premia la capacidad de gobernar cuando el orden anterior ha perdido legitimidad y el nuevo aún no existe.


