Los EE. UU. siguen tropezando con las mismas piedras y no aprenden

Por Federico Pinales
El excesivo complejo de superioridad de algunos líderes norteamericanos, que parecen ignorar la historia reciente, los está llevando a repetir errores que les están saliendo muy caros y que les pueden costar la pérdida de su gran poderío hegemónico.
Las continuas congelaciones dictatoriales de grandes sumas de dinero depositadas en bancos norteamericanos y europeos, por simples caprichos de un presidente prepotente, enojado por la negativa de un país soberano a cumplir sus órdenes imperiales, está provocando la pérdida de la confianza colectiva y está empujando a las naciones perjudicadas a buscar otras alternativas más confiables.
El último de esos errores lo cometió el presidente Donald Trump con México, al congelarle graciosamente US$47,000 millones de dólares, en represalia porque ese país se resiste a recibir órdenes que atenten contra los intereses de esa nación.
Lo mismo sucedió con la República de Colombia, a la que le cancelaron una supuesta ayuda de US$450,00 millones de dólares, después de intentar humillar a su presidente Gustavo Petro, cancelándole la visa, acusándolo de “narcotraficante”, de “matón” y “lunático”, en su presencia y dentro de su propio territorio, a un metro de distancia, al frente del palacio presidencial, luego de concluir una reunión poco amistosa; con el secretario de Estado Norteamericano Marco Rubio.
¿Consecuencias de esa bravuconada irracional? Sencillamente, México encontró la justificación perfecta para mover US$86,000 millones que tenía depositados en otras instituciones a las que Trump no pudo tener acceso, entrar en negociación con China y acercarse a los BRIC, la organización de países que buscan la manera de independizarse de la dictadura del dólar, como moneda de cambio internacional.
Colombia siguió la misma ruta de México y otros países latinoamericanos, no serviles, como lo es la República Dominicana. Están observando de cerca la situación, con justificada preocupación y con la intención de sumarse a la corriente de las aguas cristalinas, como lo está haciendo Argentina.
El primero de esos errores empezó con Cuba después del triunfo de la Revolución, en el año 1959.
La arrogancia visceral los llevó a empujar a Fidel Castro a los brazos de la Unión Soviética, con la que estuvieron a punto de caerse a «misilazos» en 1962.
Lo mismo sucedió con Hugo Chávez, continuaron con Nicolás Maduro y ahora le sumaron a la lista a Colombia y a México; con la desventaja de que en el año 1962 solo la Unión Soviética estaba respaldando a Cuba. Todavía China, Irán, la India y las demás potencias emergentes, a las que hoy hay que tomar en cuenta, no ofrecían ningún tipo de amenaza para el gran imperio.
Ese mismo que hoy tiene que manejarse con más cuidado y actuar con cabeza fría. No con los arrebatos emocionales y temperamentales de un dictador mundial, investido con el voto democrático, de una población manipulada por una maquinaria mediática imperialista, inhumana, esclavista y racista, promotora de una irresponsable carrera armamentista, para someter a las naciones más chiquitas.



