La herida de la vía, un plan de trabajo reducido mientras el Polvo, promesas y el Olvido hacen gala de la indiferencia en SFM

Por Narciso Acevedo
San Francisco de Macorís.- La carretera que debió ser el cordón umbilical del desarrollo es hoy una zanja de polvo y frustración para cientos de productores y la población estudiantil.
El sol se cierne inclemente sobre la comunidad de Naranjo Dulce- Río Boba,pero el cielo es opacado por una neblina que no es otra cosa que tierra pulverizada.
Esta nube, densa y persistente, es el testimonio diario de que, para miles de familias entre Naranjo Dulce y Río Boba, el progreso ha llegado solo en forma de enfermedad y exclusión.
Este tramo, esencial de 25 kilómetros para el movimiento de la producción agrícola y el acceso a la costa, se ha convertido en una barrera infranqueable durante la lluvia y en una cámara de gas durante la sequía.
Los residentes viven una realidad dual, la riqueza del suelo que trabajan contra la pobreza del asfalto que nunca llega.
La Condena del Polvo: Salud a la Intemperie
En las modestas casas a ambos lados de la vía, la rutina de vida está dictada por la carretera.
Las ventanas se mantienen cerradas a cal y canto en un intento fútil por detener el avance de la tierra.
“Aquí no hay hora de comida ni hora de dormir donde no haya polvo,” lamenta Doña Ana, residente de Río Boba Abajo, mientras limpia por tercera vez en la mañana la mesa de su comedor.
“El polvo entra por la nariz, por la boca y se queda en los pulmones.”
Los registros de los pequeños dispensarios médicos,cuando están abiertos reflejan la epidemia silenciosa: altas tasas de bronquitis, asma, rinitis y conjuntivitis.
La población más vulnerable son los niños y los ancianos.
Para ellos, el simple paso de un camión pesado es un ataque directo a su sistema respiratorio.
El Asalto del Invierno: Cuando el Fango Aísla la Vida
La desesperanza se convierte en terror cuando llegan las lluvias.
El polvo se transforma en lodo espeso e intransitable.
En comunidades como Naranjo Dulce y otras en el trayecto, el camino se convierte en un arroyo fangoso, cortando la conexión con los principales centros de expendio de alimentos, pues no hay forma para sacarlo.
»El día que mi hijo se fracturó la pierna, no entraba ni un motor. Tuvimos que cargarlo entre dos vecinos por más de una hora, por el lodo, para poder llegar a la carretera principal,» relata Juan Carlos, un agricultor.
«Aquí, una emergencia es una sentencia.»
El impacto económico es igualmente devastador.
Los productores de cacao y víveres no pueden sacar sus mercancías a tiempo.
La infraestructura vial fallida no solo aísla, sino que estrangula la economía local.
La Burla de los 13 Kilómetros Perdidos
La frustración de los residentes no es solo por la lentitud en el inicio de los trabajos, sino por el retroceso en la promesa de la obra.
El proyecto de reparación de la vía, a cargo de la Constructora Fortuna por mandato del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC), contemplaba la intervención de 15 kilómetros de la vía, un trayecto esencial para garantizar el flujo de personas y producción.
Sin embargo, los residentes han sido testigos de un cambio que huele a burla, los trabajos se han limitado a escasos dos kilómetros, dejando 13 kilómetros críticos a su suerte y sin una explicación clara por parte de las autoridades.
Esta reducción drástica ha encendido las alarmas entre los residentes, quienes ven en el recorte una confirmación del olvido y una nueva promesa a medias, socavando la poca confianza que les quedaba en ver la obra convertida en una realidad completa.
La pregunta en el ambiente es simple: ¿Por qué recortar la esperanza a menos la mitad?
Una Ruta Posible: Inclusión y Justicia
»No se trata solo de construir una carretera, se trata de justicia social,» afirma la socióloga Clara Mendoza. «La falta de una vía digna es una violación directa al derecho de acceso a la salud, a la educación y a la comercialización de su propio esfuerzo.»
El llamado es claro: la comunidad exige al MOPC y a la Constructora Fortuna que se respete el plan original de cinco kilómetros y se garantice una solución definitiva y humana.
El verdadero progreso del Nordeste no se medirá con la entrega de un proyecto terminado, sino el día en que las familias de Naranjo Dulce y Río Boba puedan, por fin, abrir sus ventanas sin temor a ahogarse en la tierra de las promesas incumplidas.
Actualmente se está trabajando en y sus residentes demandan de mayor responsabilidad por parte de Estado.











