Nacionales

La elección de los jueces

En el país tenemos una curiosa relación con la justicia. Queremos jueces independientes, pero cada vez que corresponde elegirlos aparecen los políticos, los abogados influyentes y los especialistas en recomendar amigos. Todos hablan de institucionalidad con una solemnidad admirable. Algunos incluso consiguen hacerlo sin sonrojarse.

La próxima elección de los jueces de la Suprema Corte de Justicia debería servir para una reflexión que llevamos demasiado tiempo postergando. No basta con escoger magistrados de reconocida trayectoria. También debemos preguntarnos por qué algunos permanecen tantos años en determinadas posiciones y por qué otros, igualmente preparados, nunca encuentran una oportunidad.

Siempre he creído que en este país existen buenos jueces. Magistrados estudiosos, prudentes, honestos, capaces de resistir presiones y comprender que una sentencia puede cambiar definitivamente la vida de una persona. El problema comienza cuando el sistema permite que los méritos profesionales compitan con las relaciones personales, las recomendaciones y los compromisos que nadie reconoce públicamente.

He visto demasiadas veces cómo una designación judicial provoca más conversaciones sobre quién recomendó al candidato que sobre sus conocimientos jurídicos. Se discute su cercanía con determinados sectores, su amistad con algún dirigente y hasta la conveniencia de nombrarlo. Curiosamente, su capacidad para impartir justicia suele ocupar menos espacio.

La justicia necesita renovación. No porque la edad descalifique a nadie ni porque los años de servicio constituyan un defecto, sino porque ninguna institución debería acostumbrarse a que sus integrantes permanezcan indefinidamente en las mismas responsabilidades. La experiencia merece respeto, pero también debe existir espacio para nuevas generaciones de juristas.

Hay magistrados que han dedicado toda su vida al estudio del derecho y jamás han recibido una oportunidad. Otros han construido carreras discretas, lejos de las reuniones sociales y de los despachos donde se toman decisiones. Son profesionales que probablemente nunca aparecerán en una lista de favoritos porque cometieron la imprudencia de creer que bastaba con ser buenos jueces. La elección de los integrantes de la Suprema Corte exige transparencia, evaluación rigurosa y una explicación pública de las razones que justifican cada nombramiento. Los ciudadanos tienen derecho a conocer los criterios utilizados. También deberían saber por qué un magistrado continúa y otro debe marcharse.

No se trata de convertir la selección judicial en un espectáculo ni de desconocer las atribuciones constitucionales del Consejo Nacional de la Magistratura. Se trata de comprender que la legitimidad de los tribunales depende también de la confianza que inspire el procedimiento mediante el cual son escogidos sus integrantes.

Un país puede construir edificios judiciales modernos, incorporar tecnología y aprobar nuevas leyes. Sin embargo, ninguna de esas inversiones resolverá el problema fundamental si los ciudadanos sospechan que determinadas decisiones responden a intereses ajenos al derecho.

Por eso, cuando llegue el momento de elegir, quisiera escuchar menos recomendaciones y conocer más expedientes profesionales. Menos conversaciones reservadas y más explicaciones públicas. Menos preocupación por satisfacer sectores y mayor compromiso con la independencia judicial. Porque los jueces no necesitan agradecerle su nombramiento a nadie. Necesitan recordar, desde el primer día, que sus decisiones deben responder únicamente a la Constitución y a las leyes.

La justicia dominicana no necesita jueces agradecidos. Necesita jueces ante quienes nadie pueda presentarse a cobrar el favor de haberlos nombrado.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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