Opinión

Haití, Bukele y Trump

Hay semanas que parecen organizadas por alguien con demasiado sentido del humor. Haití continúa desmoronándose. Bukele vuelve a ocupar nuestras conversaciones. Y Donald Trump se dispone a descubrir si los estadounidenses todavía le conceden el beneficio de la paciencia.

Son asuntos diferentes –Tienen algo–, en común que obligan a los gobiernos a demostrar que gobernar exige bastante más que pronunciar discursos.

Haití merece comenzar por una precisión. Sus ciudadanos no constituyen una invasión. Las pandillas sí representan una amenaza. Confundir ambas cosas resulta cómodo para algunos políticos. También resulta peligroso. Un trabajador que cruza buscando salario no debe confundirse con un criminal que controla territorios mediante las armas.

La crisis haitiana tiene raíces históricas. Tiene responsables actuales. Y tiene consecuencias políticas. Mientras las instituciones haitianas intentan recuperar autoridad, nosotros debemos garantizar nuestra seguridad sin renunciar a las leyes ni a la dignidad humana.

Hay una hipocresía particularmente rentable. Empresarios que reclaman controles fronterizos durante el desayuno y contratan extranjeros sin documentación después del almuerzo. La legislación migratoria debe aplicarse también a quienes emplean irregularmente, evaden obligaciones y se aprovechan de la necesidad ajena. La responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre el trabajador.

También necesitamos una frontera habitada y protegida. Cuarteles permanentes. Viviendas familiares. Hospitales. Escuelas. Inteligencia. Vigilancia tecnológica. Soldados preparados para proteger un territorio, no para servir de asistentes particulares a funcionarios. La defensa nacional merece presupuestos verificables, no ocurrencias pronunciadas delante de una cámara.

La vigilancia demográfica exige estadísticas serias, no relatos bíblicos convertidos en diagnósticos. Ningún país defiende mejor su identidad inventando enemigos entre los recién nacidos. La soberanía se protege registrando entradas, sancionando redes de tráfico, formalizando empleos y exigiendo cooperación internacional. Lo demás puede proporcionar aplausos durante una tarde. No garantiza tranquilidad durante los próximos veinte largos años.

Y aparece Bukele. Su popularidad descansa, en buena medida, sobre resultados contra las pandillas salvadoreñas. Pero exportar un método policial sin examinar sus costos institucionales sería una imprudencia. Haití necesita seguridad.

También necesita jueces, escuelas, administración y autoridades legítimas. Detener criminales no equivale a reconstruir un Estado.

Al otro lado del continente, Trump enfrenta el martes tres de noviembre una prueba distinta. Las elecciones legislativas de medio término decidirán quién controla las dos cámaras del Congreso. Allí no se votará únicamente por congresistas. Se juzgarán los precios, la inmigración, el temperamento presidencial y el cansancio acumulado.

Las proyecciones favorecen a los demócratas. Mi apuesta es que terminarán con 236 representantes frente a 199 republicanos. En el Senado pronostico 52 escaños para el bloque demócrata, incluidos sus aliados independientes, y 48 para los republicanos. No son resultados. Son estimaciones sometidas a la voluntad de millones de electores.

Si ocurre, Trump conservará la Presidencia, pero perderá libertad legislativa. Tendrá enfrente comisiones investigadoras, negociaciones incómodas y una oposición que descubrirá repentinamente las virtudes del control institucional. Algo que los partidos suelen apreciar más cuando abandonan el poder.

Para América Latina importará mucho. Washington puede modificar prioridades, ayudas y relaciones comerciales. Pero conviene recordar una vieja costumbre regional. Esperamos que las elecciones estadounidenses resuelvan asuntos que nosotros llevamos décadas aplazando.

Haití no se reconstruirá desde Santo Domingo. Tampoco desde Washington. Y República Dominicana no debe esperar milagros extranjeros para cumplir sus deberes. La historia suele castigar a los gobiernos que confunden una advertencia con una solución. A veces, incluso, los castiga en las urnas.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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