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El Este bajo el asedio de las aguas: Cuando la tierra se vuelve un mar de lodo

HATO MAYOR.- El cielo se rompió sobre El Seibo y Hato Mayo, pues lo que comenzó como el monótono repicar de la lluvia sobre el zinc, se ha transformado en una pesadilla líquida que ha borrado los caminos y sumergido los sueños de miles de dominicanos.

Hoy, el Este no solo lucha contra el agua; lucha contra el aislamiento y el rugir de ríos que parecen haber despertado con una furia hambrienta.

​No son simples crecidas. Son torrentes desbocados que han convertido calles en cauces mortales.

En un espectáculo dantesco, los ríos se han ensañado con el metal: camiones, yipetas y camionetas han sido arrastrados como juguetes de papel, devorados por una corriente marrón que no perdona errores.

​»El río no hablaba, rugía. Vimos cómo se llevaba los vehículos como si no pesaran nada. Solo podíamos mirar y rezar», relata un comunitario con la mirada perdida en el horizonte gris.

​Más de 59 comunidades han sido sentenciadas al aislamiento. El mapa de la región se ha fragmentado, dejando a cientos de familias atrapadas en un archipiélago de lodo y desesperanza.

​En Hato Mayor, los nombres de La Sierra, Mata Palacio, Yerba Buena y Capote se repiten en las oraciones de quienes esperan ayuda, mientras que en El Seibo, el corazón productivo de Vicentillo, Loma Larga y las zonas cacaotaleras ha quedado herido de muerte, incomunicado por puentes que, como el de La Cuchilla, se rinden ante el embate del agua.

​En medio de la tragedia, la vida se aferró a un hilo en el kilómetro 11, Cruce de Pavón. Allí, un camión fue sorprendido por la traición de un arroyo que creció en segundos.

El vehículo, atrapado y hundiéndose en el lecho del río, se convirtió en una trampa de metal para sus ocupantes.

​Fue la valentía de los vecinos y la rápida acción de las autoridades lo que impidió que el luto llegara a los hogares.

En una operación donde la adrenalina venció al miedo, lograron rescatarlos sanos y salvos. Un rayo de luz en medio de la tormenta.

​La incertidumbre bajo un cielo que no perdona

​A pesar de la devastación material, el consuelo es precario: la vida ha prevalecido. No hay víctimas que lamentar, pero el peligro no ha pasado. Los puentes están fracturados, los caminos son ahora ríos y el cansancio empieza a mellar el ánimo de los rescatistas.

​El pronóstico es sombrío.

Las nubes negras siguen coronando las montañas y la advertencia es clara: las lluvias continuarán esta tarde. En El Seibo y Hato Mayor, nadie duerme tranquilo mientras el agua siga reclamando la tierra.

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