Cosas de la vida – Llámame a Jesús.

Por: Odalis Susana Gil
La súplica de una madre en su lecho de muerte.
Un día de junio, hace ya muchos años, me encontraba llegando al aeropuerto de Santo Domingo, en República Dominicana. Me apresuré cuando escuché que mi mamá se encontraba muy enferma, en etapa terminal de su cáncer. Al verme llegar, mi madre solo agradecía que su muñequita estaba allí; me senté a su lado en la cama, no quería apartarme ni un momento de ella, quería platicar con ella, asearla, darle su medicina… Solo me aparté un momento para acomodar la maleta y cambiarme de ropa.

Al regresar a la habitación con mi mamá, me hacía señas para que me acercara; al hacerlo, me susurró en el oído “hay mucha gente en la sala, unos están diciendo que todo está bien y arreglado, otros dicen que aún hay cosas por arreglar”. Me sorprendí ante estas palabras porque no había nadie en la sala en ese momento, pero mamá percibía muchas voces que discutían, discutiendo en torno a ella si los asuntos ya estaban arreglados o faltaban algunos por arreglar.
Pasó mucho tiempo antes que pudiera entender que era una manifestación espiritual que el Señor nos permitía vivir para descubrir la llamada de Dios al arrepentimiento, antes que fuera demasiado tarde… de pedir perdón y a perdonar, de arreglar los asuntos con las personas con las cuales hemos compartido en nuestra vida.
Me quedé en silencio
mientras paseaba la mirada por la carita y las manos arrugadas de mi viejita. Una mujer que antes fue fuerte y robusta, saludable, no se quejaba, y que fue capaz de sacar adelante a una familia de 10 hijos, de la cual soy la penúltima.
Estaba abrazada a mi mamá, como quien no quiere dejarla ir. Mi madre era una persona de pocas palabras, no expresaba palabras de amor, pero su entrega, prontitud ante la necesidad de cuidado y miradas, expresaban ese amor hondo y defensor como el de una gallina ante el peligro de sus polluelos. Es aquí cuando escucho su voz entrecortada diciendo “Odalis, me duele mucho” . Su enfermedad era un cáncer de esófago en etapa terminal.
Ante esa súplica de mi madre yo empecé a orar por ella. Comienzo pidiendo auxilio del cielo, pidiendo la intercesión de María Santísima. Me dirigí al Padre Pío, diciendo: “Padre Pío, tú que conoces el dolor de la pasión de Cristo, intercede por mi mamá ante este dolor” . Poco a poco, mi madre me dijo de forma muy poco audible “Odalis ya no me duele”. Aún tenía a mi madre abrazada en mi regazo, cuando ella fue cerrando sus ojitos; la miraba y pensé que era extraño que mi madre tuviera un ojo cerrado y otro abierto, es entonces cuando me doy cuenta que algo estaba pasando y toco su corazón. Empiezo a sentir que los latidos de su corazón se van apagando poco a poco.
Un momento difícil para la familia
Recuerdo que en ese momento le dije a una de mis hermanas, y una cuñada que estaban allí, que se acercaran y tocaran a mi mamá. Les decía: “toquen su corazón, porque mi mamá se está yendo con el Señor” , ante esta realidad ellas empezaron a gemir, y a punto de lanzar un grito les dije “¡No! No es tiempo de grito ni desesperación, es tiempo de oración, de ruego, de sosiego” , y en ese momento los latidos de su corazón fueron cesando.
Mis manos no se movieron de su pecho hasta sentir el último movimiento de su corazón y el último suspiro de sus labios. Cerré sus ojos que ya carecían de toda luz de vida, la pude colocar en su cama, extender sus brazos y sus pies; mamá se había ido, pero no sin antes decirme “Odalis, llámame a Jesús” y ese fue el momento en que le confié a Dios el alma de mi madre pidiendo sobre ella su misericordia.
No tengo dudas que mi petición haya sido escuchada y acogida por Dios. ¿Podrá, acaso, un alma pedir auxilio y llamarle por su nombre en el último aliento de vida sin que sea escuchada?
“El Señor está cerca de todo el que lo invoca, de todo el que lo invoca de verdad” (Salmo 145:18)
Mi mamá marchó a su descanso celestial hace más de una década, y puedo decirte que despedirse de un ser querido duele mucho, pero la certeza que en su último momento pidió la presencia del Señor ha confortado mi alma durante estos años y me ha dado la certeza que un día volveré a encontrarme con mi madre en el cielo.
Descansa en paz, María Dominga Gil.





