Opinión

Afrontando la Pérdida de un Ser Querido

Por: Odalis Susana Gil

La pérdida de un ser querido es un tema que rara vez queremos contemplar de cerca. Preferimos pensar en la muerte como algo distante, algo que sucede a otros, manteniéndola lo más alejada posible de nuestras vidas. Sin embargo, en cualquier momento, la muerte puede golpear a alguien cercano a nosotros, alguien a quien amamos profundamente.
Las despedidas son difíciles, ya sea porque sabemos que es un adiós temporal o porque comprendemos que estamos diciendo adiós para siempre. ¿Cuántas lágrimas nos costará este adiós? ¿Nuestra salud mental, física o emocional? ¿O quizás nuestra fe se verá sacudida?
La muerte nos enfrenta a menudo en las formas más inesperadas: un infarto, un cáncer, un accidente en la calle, un incendio en el hogar o incluso siendo víctima de un crimen. La muerte, como dijo el poeta Jorge Manrique, revela lo que los seres humanos llevan en lo más profundo de sus corazones.

Este evento triste nos recuerda que las posesiones materiales que tanto valoramos no tienen ningún significado frente a lo eterno. Un automóvil, ropa elegante, joyas, incluso el dinero, todo se convierte en ceniza. La vida de un multimillonario termina de la misma manera que la de alguien que tiene poco.
La muerte no hace distinciones: visita a sabios y ricos, a pobres e ignorantes por igual. Ante este hecho inevitable, no podemos negar la existencia de Dios, el Dios de la vida que promete consuelo y paz a los corazones afligidos.
A pesar de nuestras pérdidas, nunca debemos olvidar que Dios permanece a nuestro lado. La muerte puede arrebatarnos muchas cosas, incluso a un ser querido, pero no puede quitarnos a Dios.

En momentos tan dolorosos, algunas personas eligen enfrentar la pérdida con todo su sufrimiento, viviendo cada experiencia y manifestando sus emociones. Otros optan por negar la realidad, lo que a menudo conlleva graves consecuencias.
En la negación, nos preguntamos por qué a nosotros, qué hicimos mal y a veces incluso cuestionamos a Dios. Descubrimos que nuestro ser querido nunca nos perteneció; ni su vida ni su muerte. La oscuridad se instala en nuestras vidas, la desesperanza y la desolación se apoderan de nosotros.

El dolor y la tristeza se apoderan de todo nuestro ser, como una espada afilada que daña nuestra alma. A veces, buscamos ahogar el dolor trabajando más o nos refugiamos en el silencio, alejándonos de los demás y olvidando que hay quienes aún necesitan de nuestro amor y apoyo.
Nos sentimos culpables por lo que hicimos o no hicimos, por las palabras que no dijimos a tiempo, por los perdones que no otorgamos o recibimos. Estos pensamientos nos sumen en la tribulación y el exceso de razonamiento, lo que puede llevar a problemas de salud.
La muerte de un ser querido nos arrebata una parte de nosotros mismos, y debemos enfrentar ese dolor con el tiempo. Sin embargo, en medio del sufrimiento, Dios está ahí, ofreciendo consuelo y paz a los corazones afligidos.
Aunque nos sintamos solos y perdidos, recordemos que Dios nunca nos abandona. Encomendemos nuestras lágrimas a Él, permitiéndole sanar nuestras heridas. Lloremos cuando sea necesario, ya que las lágrimas son un puente hacia la sanación.
No neguemos nuestro dolor ni pretendamos que todo está bien cuando no lo está. Compartamos nuestras emociones con quienes nos rodean, incluyendo a un sacerdote o un familiar de confianza. Afrontar el dolor es el primer paso hacia la curación.
Dios nos da la vida y tiene la última palabra sobre la muerte. Sigamos adelante, permitiéndonos llorar y dejando que Jesús nos consuele con Su amor y paz.
En esta jornada de duelo, recordemos agradecer a Dios por el tiempo que compartimos con nuestros seres queridos. Aunque tengamos pesares, tenemos la esperanza de que la muerte es solo un abrir y cerrar de ojos, una transformación hacia una vida donde disfrutamos los frutos de nuestras buenas acciones.
La vida no termina con la muerte; solo se transforma.
A aquellos que se sienten solos, culpables o sin esperanza debido a la pérdida de un ser querido, recuerden que Dios está aquí para ofrecer consuelo y amor. Permitan que las lágrimas fluyan y permitan que Jesús las recoja, calmando su dolor y tristeza.
La vida continúa, y a través de las lágrimas y el consuelo de Dios, encontraremos sanación. Encomendemos nuestro sufrimiento al Señor y confiemos en Su plan eterno, porque al final del camino, la vida prevalece sobre la muerte, y la esperanza brilla en nuestra fe.

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Un comentario

  1. Bellisimo y totalmente de acuedo en cada una de tus palabras, bendito Dios que nos habla a través de las personas y eso eres tu, un puente para que podamos escuchar esa vocecita de Dios, dándonos consuelo en nuestro dia a dia, pero sobre todo en esas noches, frías y oscuras. Gracias Odalis Susana

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